domingo, 27 de marzo de 2011

Del odio divino

Flota el espíritu de Dios que gime
con un llanto más llanto aún que el llanto,
como si herido —¡ay, Él también!— por un cabello
por el ojo en almendra de esa muerte
que emana de su boca
hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta

- José Gorostiza


Tal como se empecina uno en sí mismo
estaba Él, estaba Ella, estaba yo.
De pie voy, en el borde de la voz infinita,
recorriendo así cuanto ha sido creado
por el inconsciente de la primer vida;
al borde de "luz", "luz", "zzzzz".
Y, habiendo visto todo,
regreso a donde nace la palabra
(región que empieza -acaso- en mi mente).
Los tres en línea,
por la gravedad de Su pensamiento,
caemos al entendimiento
de la suntuosa situación:
sea el tiempo un continuo reflejo,
un mirarse atónito en el agua
y descubrir que toda parafernalia es una extensión,
apenas primigenia, Suya.
Vuela el ave, porque Yo lo quiero,
y su majestuosa maestría del descenso es Virtud,
una callada explosión de sensaciones
andropolarizadas, que otorga
el mayor de los vicios neutrales:
la esperanza.
Al son peregrino de un alma rota,
toma Él, como ahogado entre sus luces
-por fin-, dominio de la palabra:
"Mas habrá de defecar, el ave, en alguna estatua,
y ahora la explosión será sonora,
además, fétida, caliente;
habrán de conjugarse setecientos trinares malditos
que son menos que voces inframúndicas,
que reclaman la muerte de lo que no se ama;
y ahí estaré Yo, también,
cuando no valga la pena haber escupido el sonido
que sólo los tres entendemos,
que no se conforma con vibrar, apenas vivir en el aire,
sino que Crea, y es masa;
así, en un grito que perpetra en los cráteres más recónditos,
que eriza los cabellos de las estrellas enanas,
habré muerto sin morir,
como en un sueño eterno de mil repeticiones
que no se conforma con ser concepto, apenas vivir en la memoria,
sino que Crea, y es espada
que atraviesa la carne álmica".

No hay comentarios:

Publicar un comentario