viernes, 22 de abril de 2011

1989




Son dos, porque primero hay que abrirnos paso entre el gentío, que es también como concreto, cohesionado y durísimo, segundo, llegar a la frialdad del cerco, cortado mil veces por las pinturas de los colores del hastío; el cerco estigmatizado por el dolor de las generaciones que vivieron a espaldas suya, estigmas de colores, yagas de espesor milimétrico, que parecen no pesar sino sólo existir. Detrás de él está mami, sollozando por nosotros, con el frío hasta lo más básico de la médula, con la carne y la sopa tan ausentes de su dieta, que sus pómulos brincan violentamente de su cara y sus arrugas se acentúan como las sombras en el ocaso fatídico; con los lunares tan pronunciados en la pálida piel, que parecen estragos de una enfermedad angustiosa; con los ojos verdes tan opacos, que me dan ganas de llorar.

Hay una bulla, las calles vacías contribuyen a que las voces sean repetidas eternamente, a que se escuchen, así, un millón de oraciones apretujadas, salidas de un millón de pechos roncos que yacen unos sobre otros, compartiendo sudores y respiros, ferozmente apilados, causando presión en el muro, ayudando a que colapse de la desesperación que ni siquiera siente. El tumulto no deja de crecer.

Papi, ensalzado por naturaleza, duda un poco: pone su cara de reflexión, que semeja a las piedras sobre las que caminamos, las agitadas por la gente en sus manos: las cejas juntas, apuntando a la nariz, con los ojos perdidos, vidriosos, las cicatrices se hacen más rosas, su cabello blanco, poco abundante y largo, deja de moverse con el aire, bajo su gorro, y su bigote gris es la conexión que veo entre él y el cielo nublado, completamente nublado, sin ningún azul furtivo, que enmarca a las personas con sus incertidumbres adrenalínicas. Resuelto ya, me toma fuerte del brazo y avanza pausado y seguro: empujando con su muy ceñido guante rojo a quien amenaza con interponerse en su camino, quita del frente pancartas de cartón y cartulina, toca suavemente los hombros de los que parecían más fuertes que él, pretexta llevarme cuando debe golpear fuerte a una mujer y chasquea los dientes cuando alguien le sugiere abandonar su empresa para protegerme. A mí me empujan un poco, pero me aguanto como el hombrecito que papi dice que soy.

Desde abajo lo único que yo noto es que la gente cambia el punto de apoyo de sus pies (de los talones a la punta y viceversa), como cansada, como si hubieran estado ahí por veintiocho años esperando; más arriba, ya frente al muro, cuando papi, un poco asustado, me sube en sus hombros, los gritos y los cantos son absurdamente abundantes, ensordecedores, ya ni siquiera portan un mensaje, sólo son la materialización del descontento que sienten quienes están gritando.

A pesar de que hay policías alrededor, nada puede detener la marejada humana que nos rodea, no bastarían todas las patrullas de este y aquel lado de la barda; al mismo tiempo que yo me doy cuenta de esto, un hombre negro vigoroso que aúlla fuerte y tiene un mazo en las manos, se hace paso entre la multitud, corriendo por espacio de unos quince metros: justo antes de llegar a él, levanta el mazo con astucia y asesta al muro un golpe seco. El block apenas se mueve, no obstante, como una chicharra tiesa, se levanta por los aires un vitoreo magnífico, "¡viva, viva!". Él repite su acción; la multitud, por la inercia de su estado psíquico, también. Pronto la pared se tambalea sin compasión, se vuelve presa de una lluvia de bramidos y rocas y puñetazos y patadas motivadas por las lágrimas y la rabia y el dolor. Apenas una parte se resquebraja del muro, y papi camina frente a ella, unos pasos a la derecha; yo lo sigo porque es lo único que puedo hacer. Ya frente a la raja, vemos cómo no para de hacerse grande, y todos los que la tienen cerca se desesperan: las leyes de la física son simples y dictan que toda la presión debe acumularse en ese punto de fuga para que pueda, al fin, ser liberada. Esto no ocurre hasta que un hombre calvo da una serie de cabezazos furiosos ahí, por fin hay un hoyo minúsculo, apenas perceptible. Todas las manos se posan sobre él y escarban. Está flaqueando el cerco, se percatan de ello las personas y aparece nuevamente el hombre con el mazo, para, de cinco acaso diez golpes certeros, tumbar una buena parte del muro. Lo mismo ocurre muchos más metros antes y después de donde estamos. Antes de ver que mami está justo frente a nosotros, papi, la multitud de este y aquel lado y yo nos quedamos pasmados al presenciar cómo las estrías coloridas que adornaban el muro están suspendidas en el aire, sujetas a nada. El silencio que produce el asombro ahora reina el ambiente. Justo cuando iban a empezar los comentarios, una corriente de aire disuelve la pintura, manchando la ropa de los que estaban más próximos a los ahora escombros. La sonrisa, las lágrimas, se pintan en las caras de todos. Mami está frente a nosotros y los tres corremos a abrazarnos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario