miércoles, 22 de diciembre de 2010

Año nuevo.




¡Que siga la música! Ea ea ea ea (y tía María, con sus calzones tan heptagenarios como ella, que se columpian por sus piernas arrugaditas, sucumbientes al apenas frío de diescieséis grados célsius). Hasta sus hijos de ella parecen disfrutar el espectáculo: baila, el suelo de piedra caliza truena débilmente cada que con los pies lo toca, la luz es un solo abrigo de cien watts, el componente bufando electrocumbias, la carne asada al carbón que llena de su graso abrazo de pambazo el ambiente, la cerveza Tecate cercana a lo glacial, las uvas para los doce deseos que nunca se cumplen, baila, los chilpayates al fondo pesan doble por los suéteres que llevan a cuestas, la pirotecnia protocolaria, todavía el árbol de navidad resplandece pidiendo atención, está tan viejita que no baila sino que pisotea el firme a ciertos tiempos, los frijoles charros con carnes frías y tocino ácido y chorizo de puerco, las pláticas de hombres, las de mujeres (la hegemonía paradójica) y el resto del público mira a tía María con entre condescendencia y risa superior.


Pasa un señor ya de cincuenta años que al ver a tía María dice que se acuerda de cuando ella los llevaba a toda la marabunta al distrito federal. Era tan impúdica (y flaquita, desde entonces) que se arremangaba sus vestidos con holanes y estampados de flores hasta las rodillas (dejando ver esos palillos chinos olor a canela con pescado podrido, pescado podrido encanelado), se montaba como jinete a un caballo ensillado de la imaginación, hacía una apertura entre ropa interior y vagina y orinaba en la catedral metropolitana o en el palacio de Bellas Artes o en el metro Hidalgo o en Ciudad Universitaria o en donde le diera su chingada gana, así, sin pena ni gloria. En menos de que esto fue enunciado, ya toda la familia estaba alrededor del cuentacuentos por excelencia: tío Julián, que también es sobrino de tía María, que no dejaba de bailar impulsada por fuerzas quizá satánicas.


-¡La del pollo, tío, la del pollo!


Y tío Julián cuenta con destreza discursiva y fidelidad la historia del pollo: que allá en San Ignacio, harán unos cuarenta años, estaba una pequeña fracción de la marabunta vacacionando; el río Piaxtla siempre ha sido un misterio para bañarse, con sus piedras voluminosas como lágrimas de cristal que algún ser mágico deformó y tiró al agua, luego el cerro de la mesa, donde se toca banda sinaloense todos los fines de semana y las plebitas son descaradas y luchonas, fáciles pero también por las que vale la pena darse golpes de pecho, donde somos adolescentes y se fuma y se toma y se dicen groserías, no falta decir que puros hombres iban, puro chile, puro tornillo. El caso es que ellos se quedaban con el Alfonso del Rosario de San Ignacio (qué chistoso, el municipio de El Rosario queda a menos de media hora de ahí) y éste los mataba de hambre porque no tenía con qué darles de comer: apenas le alcanzaba con su pensión de jubilado del gobierno. Así que entre tres cabrones deciden robarle un pollo rostizado a Don quiénsabecómosellamabatúteacuerdasdecómoNachonoverdadsabrálaverga.


Tío Julián era el vigía; tío Nacho de Obregón, el estratega; tío Guillermo de Minatitlán, el rata. Ahí va el tonto del Memo, sigiloso, tranquilo, casi como profesional a pesar de ser un puberto lo que se dice chaquetero. Va y se pone detrás del mostrador que daba a la calle y lo brinca...



























Suenan ya las campanadas en la catedral, el relato de Tío Julián es un espectro disipado por la realidad fiera de trescientos mil casquillos por minuto; esto es Sinaloa. Todos precipitándose dentro de las casas, el componente reprimiéndose, las uvas en arrolladas por las estampidas humanas, el tracatraca que me desesperara, tía María bailando sin música, tía María con sangre en el rostro, tía María tirada en el suelo, sin vida, pero moviendo aún las piernas como un robot de cuerda derrumbado.

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