lunes, 9 de agosto de 2010

El culto a lo andrógino.


El culto a los ídolos urbanos es la búsqueda de lo andrógino; el fin de esta búsqueda es asentarlo en nuestras vidas.
Es perfectamente normal que las personas comunes sean elevadas a ídolos, porque buscamos en ellos algo que nos hace falta a nosotros. Siempre estamos llenos de vacíos y no falta quién aproveche para vender(nos) algo que los cubra. Los actuales santos de la globalización, ¿de qué huecos se ocupan? ¡Los espirituales! Nos ofrecen la cercanía a DIOS (abraxas, energía universal, madre tierra, etc.) a cambio de comprar sus discos, las revistas donde salen, ir a sus conciertos o películas, ver los shows en los que aparecen... en fin.
No se me confunda, lector; no estoy proclamando el triunfo del rock cristiano en la industria musical, tampoco es que el hype actual lo haga el portugués-brasileiro de "Pare de sufrir"; lo que sí digo es que las virtudes que a nivel consiente se les atribuye a los ahora íconos de la cultura pop, son pretextos para lo que nuestro inconsciente percibe, que es un rastro de divinidad terrenal. Es decir, DIOS, o lo que pensamos que es, está a nuestro alcance, todo es cuestión de marketing.
Ese DIOS que menciono es uno diferente al que pintan en las iglesias, mezquitas, sinagogas, etc. Este pretende ser completo, ser todo realmente. Se supone que un ser todopoderoso (omnipresente, omnisciente, omnividente) esté en todos lados: tanto en una obra de caridad como en un secuestro o asesinato (recuerde que Dios, del que habla el padre, sólo se apiadará de usted si deposita sus monedas en la Santísima Urna y sin esperanzas de recibir nada a cambio).
La representación de DIOS sería, entonces, una figura sin forma definida; algo que es bien y mal, vida y muerte, pasado y futuro, y más importante, hombre y mujer.
Imposible concebir con los sentidos a la vida y la muerte, el pasado y el futuro, el bien y el mal, entonces hablemos de mujer y hombre.
Piense en un Santo urbano, alguien, el primero que le revolotee en la imaginación. Ahora, inspecciónelo: facciones, manos, ojos; se dará cuenta de que esa persona en su cabeza es una figura cuya apariencia física tiende a lo neutro y andrógino. Pronto lo verá mujer, pronto lo verá hombre. Pronto será el Maligno, pronto un DIOS. La línea que lo divide está difuminada con sangre.
Esto, créalo o no, se llama efecto halo y consiste en que a partir de un rasgo en una persona creamos una estructura imaginaria (generalmente falaz) de todo su ser psíquico. [Cialdini, R. B. (2001). Influence: Science and practice (4th ed.). Boston: Allyn & Bacon.]
¿Cómo acercarme, pues, a ese ser que tanta falta me hace? ¿Cómo lleno ese hueco que se siente por no ser él/ella? ¡Fácil! Adquiero todo lo que tenga su cara impresa o pegada con adhesivos.
Solución: Medite, busque al DIOS y al Diablo en usted, sáquese el alma a relucir y huélala, saboréela, siéntala, véala con los ojos cerrados. Divídase si lo desea, o busque la dualidad en sus actos. Cierto que esto es complicado, tanto más que simplemente comprar un disco o una playera o ver una película, pero hay algo de satisfacción en saberse uno con el universo.


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